
A veces me sorprendo sonriendo mientras pienso.
Sonrío acordándome de situaciones vividas sin pensar pero que han quedado grabadas en mi estela. Esa estela que me recuerda lo vivido y lo no vivido, lo que he querido y lo que he podido, lo que fue, lo que es y, también, en lo que no pudo ser. Y esa misma estela envía bellos reflejos sobre el mar que se extiende ante mí, en calma a veces y otras, enfurecido y destructor, pero siempre inmenso.
Y sé que camino abriendo esa estela inconscientemente, por inercia de vida, una inercia inconsciente que no me impide disfrutar de la singladura, surcando ese mar al que adoro y respeto, dejando marcada con espuma mi trayectoria sobre su superficie. Y en el fondo de mi sonrisa paso de ser una barca a la deriva, tan pequeña como un cascarón de nuez, a convertirme en esa gota de agua que escala la cresta para poder avistar la orilla en el horizonte infinito, intentando adelantarse en esa búsqueda, eterna búsqueda, de la playa tranquila y sosegada en donde plantar mis pies para siempre y, abrazada a una vida que no es la mía, vivir mis restos.
Pero sé que mientras esto no ocurra, como barca o gota, me dejaré envolver en la brisa y en la ola, en la luz del sol y la bruma marina, en el rayo de la tormenta y en la fina lluvia, en la delicada fuerza de la tranquila marea llegando agotada a las arenas de diversas playas. Recuperaré mis fuerzas recostándome en la tierra, dejándome poseer por su savia, tomando aliento para continuar grabando mi estela en el mar y esperando que se cruce con otras estelas llenas de gotas de agua, de reflejos, de sueños y de esperanzas.
.Ferat.

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